
contraEs la primera vez que sigue a alguien. No es tan fácil, las plataformas están negras con gente dilatada por el calor. Hace slalom, da vueltas, pasa por encima de los cuerpos para no perderlos de vista, a ella y a su perro salchicha marrón. Sin verlo venir, toma poses de Jean Gabin, inclina la visera de su gorra negra y se envuelve en su chaqueta, a pesar de los 30°C y de que no es una policía en una película de Lautner. Avanza con cautela, clavada en su silueta esbelta, casi flaca, lo opuesto a su propia estructura ósea, ancha y enfundada en una musculatura compacta, el cuerpo de un perro de pelea. Se pregunta si no la cagó. Excepto por el color de la piel, son tan poco parecidos, la forma de la cara, en un apuro.
Se hace la pregunta todos los días desde la noche en que la buscó en Google para reírse, un poco tirada un pedo, rodeada de sus amigos, justo después de obtener su identidad de las autoridades. ¿Es realmente ella? Fue tan fácil encontrarla, casi decepcionante. Considerando que, desde niña, hace la película; bolso a la espalda, en una tierra lejana, desafiando obstáculos, pasando de encuentros extraños a pistas falsas, de momentos de esperanza frustrada a epifanías, todo lo que tiene que hacer es escribir su nombre en Google. En un clic, su dirección en Francia, en París, a 1 kilómetro de su casa. Choque. Desde hace veinticinco años vive a 1 kilómetro de su madre biológica. Desde todo este tiempo, puede que los encuentre, ella y su perro salchicha, a lo largo del canal, ella que lo hace orinar, ella que va a tomar algo a algún lado.
impulso de jugar
En el lugar de las duras mesas de ping-pong, la madre se detiene. Mete la mano en su gran bolso de mezclilla y saca dos raquetas en un estuche elegante y profesional que coloca sobre la mesa. Debajo de su gorra negra, la niña debe adelantarla, error de cálculo de la ruta. Unos metros más adelante, gira a la izquierda, cruza sin mirar, frena una bicicleta y le lanza un insulto que no puede oír. Se instala en la terraza del bar que está justo enfrente de las mesas y observa a la señora, quizás su madre, esperar a su pareja en el banco de enfrente. Cabello grueso, liso y canoso atado en una cola de caballo baja, está tan erguida que es terrible.
Cada dos minutos, mira su reloj, una correa estrecha de cuero negro, una esfera dorada. La impaciencia la agita, se mece de un isquion a otro, cruza y baja las piernas, murmura maldiciones, los labios cada vez más contraídos. Sin darse tiempo a pensar, la chica entra al bar y les pregunta si les puede prestar una raqueta, recuerda que le prestan unas a los clientes tentados por un juego.
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